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Los discursos anti‑feministas que han calado en parte de la juventud masculina son el foco del último ensayo del sociólogo Lionel Delgado. En Tristes y salvajes, Delgado, nacido en Rosario y doctorado en Sociología por la Universitat de Barcelona, explora por qué muchos chicos se sienten atraídos por mensajes de odio y qué puede hacerse desde la educación y las redes.
Un contexto acelerado y desconfianza hacia la educación
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Delgado describe a estos jóvenes como sobreexpuestos: consumen constantes estímulos digitales, pasan de una moda a otra en cuestión de días y tienen una capacidad de atención debilitada. Ese ritmo, sostiene, dificulta los aprendizajes profundos y genera saturación cognitiva.

Además, muchos muestran desafección hacia las iniciativas escolares de igualdad. No creen que los talleres o los contenidos que reciben les preparen para la vida real y perciben la formación como desconectada de sus preocupaciones cotidianas.
Imagen distorsionada del feminismo
En conversaciones individuales la mayoría se declara a favor de la igualdad y valora el respeto hacia compañeras y familiares. Pero, según Delgado, su percepción del feminismo está teñida por voces de las redes que lo presentan como un movimiento que procura ventajas para las mujeres en lugar de igualdad.
Esto alimenta consignas repetidas sin contraste: creen, por ejemplo, haber oído que existen cientos de leyes que benefician exclusivamente a las mujeres, aunque luego no pueden citar ninguna norma concreta. El efecto es una imagen negativa y simplificada del feminismo.
Por qué seducen los discursos de odio
El autor identifica varios factores: la atracción por el papel del “troll” como figura rebelde contra la corrección política; la promesa de estatus social para quien se sale del grupo; y la narrativa del héroe que desafía al sistema. Todo ello conecta con jóvenes que se sienten frustrados o desplazados.
Delgado alerta también sobre la complicidad de entornos más amplios. Habla de cómo, en ciertos discursos públicos y publicitarios, reaparece la exaltación de una masculinidad competitiva. Y recuerda que la ultraderecha y creadores que monetizan el odio han sabido instrumentalizar el malestar por problemas materiales —vivienda, salarios— culpando a colectivos como feministas, migrantes o personas LGTBI.
De manosfera a manocultura
El libro diferencia entre la manosfera, el ecosistema digital donde se radicaliza parte de la masculinidad, y lo que Delgado llama manocultura: la extensión de ese imaginario a productos, mensajes y líderes de opinión que normalizan un ideal masculino autoritario y autónomo.
En esa transformación entran desde campañas publicitarias hasta discursos de figuras públicas que, según el autor, contribuyen a que ese modelo parezca deseable y legítimo.
Propuestas: escuchar y reconectar
Para Delgado, corregir el rumbo exige cambiar la forma en que se trabaja la igualdad en los institutos. Propone abandonar la pedagogía vertical y apostar por el diálogo: crear talleres co‑diseñados con los propios jóvenes y arrancar desde temas que les interesan, como las relaciones y el cortejo.

Desde esa conversación, sugiere, es posible introducir conceptos como consentimiento, violencia y deseo de manera práctica. También reclama medidas sobre las redes sociales para impedir que algoritmos rentabilicen el malestar juvenil.
¿Fenómeno en auge o de paso?
Delgado apunta que la rapidez del ecosistema digital juega en ambos sentidos: facilita la expansión de discursos de odio, pero también su desgaste. Observa que algunos creadores que difundían estos mensajes han perdido seguidores y que el efecto del nihilismo puede agotarse.
En su diagnóstico final insiste en la necesidad de combinar autocrítica del propio movimiento feminista —evitar discursos que excluyan aliados potenciales— con políticas educativas y digitales más cercanas a la realidad de los jóvenes.












