Alquileres asfixian a universitarios: llegó a pagar 1.000 € mensuales, imposible para sus padres

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Con el curso universitario en marcha, miles de estudiantes afrontan un mercado de vivienda universitario cada vez más tenso: la oferta escasea y los precios suben, lo que condiciona desde la elección de campus hasta la continuidad de estudios.

La búsqueda se complica en las grandes ciudades

La demanda ha superado la disponibilidad. Anuncios que combinan ubicación y un precio razonable desaparecen en cuestión de horas, según cuentan jóvenes que siguen buscando alojamiento.

Joven buscando anuncios de alquiler en un portátil en una cafetería
Anuncios con buenas ubicaciones desaparecen en horas.

Pablo Vila, de 20 años y oriundo de Castellón, estudia Física en la Universitat de Barcelona y todavía no ha cerrado piso. “He contactado con varios anuncios y algunos desaparecen en cuestión de horas. Hay muchísima competencia por las habitaciones que tienen un precio razonable”, explica.

Mercado extendido: más allá de Madrid y Barcelona

La presión no se limita a la capital y a Barcelona. Ciudades como Valencia, Málaga, Palma, Bilbao o San Sebastián registran también mercados muy competitivos. A ellas se suman urbes con tradición universitaria —Granada, Salamanca, Santiago de Compostela o Pamplona— donde la demanda sigue aumentando.

Residencias: cómodas pero caras

Las residencias de estudiantes siguen siendo una alternativa valorada por incluir servicios, pero su coste resulta inasumible para muchas familias. En Barcelona, el precio medio ronda los 900 euros mensuales.

Pasillo de residencia de estudiantes con puertas de habitaciones
Las residencias ofrecen servicios, pero con precios elevados.

Además, la capacidad es limitada: este curso se calcula que las residencias de la ciudad podrán acoger a unos 14.000 estudiantes, insuficiente frente al volumen de matriculados, incluidos numerosos alumnos de otras comunidades y del extranjero.

Pablo ya vivió la experiencia en una residencia el año anterior. “El curso pasado estuve en una residencia de estudiantes pero pagaba cerca de 1.000 euros al mes y para mis padres era insostenible”, cuenta. Aun admitiendo las comodidades, entiende que el coste no compensa.

Compartir piso, la solución más extendida

Ante la falta de plazas en residencias y el encarecimiento, muchos jóvenes optan por el alquiler de habitaciones en pisos compartidos. En Barcelona, la habitación media en un piso compartido ronda los 600 euros al mes.

Alejandra Gómez, de 21 años y natural de Lleida, estudia Biología en la Universitat de Barcelona y paga 550 euros mensuales por su habitación, sin contar gastos como comida o internet. “Compartir piso es la mejor opción porque encontrar una residencia a buen precio fue imposible, se me iba de presupuesto”, relata.

La competencia por estas habitaciones es intensa. “Las habitaciones cerca de la universidad tenían precios desorbitados y cada vez que encontraba una opción que encajaba con lo que buscaba había 20 o 30 personas más que también estaban interesadas”, añade Alejandra.

La convivencia trae retos: compartir baños y cocina con desconocidos resulta incómodo al principio, pero muchos estudiantes destacan también el aspecto social como un alivio cuando llegan a una ciudad nueva.

Impacto en los estudios y en la vida laboral

El encarecimiento del alojamiento no solo obliga a compartir piso; también condiciona la continuidad académica. Jeanette Vargas, de 23 años y titulada en Ingeniería de Telecomunicaciones por Alicante, se trasladó a Barcelona para cursar un máster y combinarlo con un trabajo a media jornada.

Los ingresos no fueron suficientes y, según cuenta, tuvo que dejar el máster para pasar a jornada completa. Ahora vive en una habitación que paga 450 euros al mes y comparte piso con cuatro compañeras. “No me daba el dinero para pagarme el piso y la vida en general en Barcelona; me hubiera gustado seguir con el máster, pero era imposible”, afirma.

Qué implica este escenario para los estudiantes

La falta de oferta y el aumento de precios alteran decisiones clave: elección de universidad, desplazamientos más largos, búsqueda de alternativas más económicas o renuncia temporal a la formación avanzada. Para muchas familias, el coste de la vivienda es ya un factor decisivo en el acceso a la educación superior.

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