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Que un trabajo a jornada completa no garantice un lugar donde dormir es la realidad que vive Manuel Heredia. Su caso resume cómo los bajos salarios y los precios de la vivienda ponen a trabajadores en una encrucijada entre comer o tener un techo.
Una jornada que no basta
Manuel trabaja como mozo de almacén: se despierta a las 5 de la mañana, toma el tren y entra a su puesto a las 6:20. Cumple una jornada de ocho horas y su nómina mensual ronda los 1.200 euros.
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Tras acabar la jornada se ducha y repite el mismo ritual al día siguiente. Mantener la higiene y la rutina es una prioridad para él pese a las circunstancias.
Elegir entre comida y vivienda
Con ese sueldo no puede asumir los costes habituales de alquiler o compra. Para pasar las noches recoge cartones y busca un lugar junto a una biblioteca donde dormir.
En sus palabras: «Prefiero vivir en la calle y poder comer que estar en una habitación y no tener comida.» Manuel ha trasladado a medios esta decisión difícil y también ha explicado a la prensa que intenta ahorrar viviendo en la calle para poder acceder a una vivienda a finales de año.
Un problema que crece
Organizaciones sociales, entre ellas Cáritas, alertan de que casos como el de Manuel son cada vez más habituales. Según el último informe citado por estas entidades, hasta 1,4 millones de trabajadores en el país viven en situación de pobreza a pesar de contar con empleo estable.
Cuando tener un empleo deja de ser sinónimo de seguridad residencial, la cuestión pasa de ser una dificultad económica a constituir una emergencia social. El testimonio de Manuel pone rostro a esa realidad y subraya la urgencia de soluciones que vinculen trabajo digno y acceso a la vivienda.












