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Pilar de Castro Manglano, psiquiatra y doctora en neurociencias, alerta de que la combinación de sobreprotección y ausencia de límites en la educación está mermando la capacidad de los jóvenes para sostener el esfuerzo en el mundo laboral. Sus observaciones conectan el modo de educar en colegios y hogares con dificultades reales que ya perciben las empresas.
Un problema que llega a las empresas
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Según De Castro, las compañías encuentran cada vez más complicado localizar trabajadores jóvenes dispuestos a mantener la constancia necesaria en puestos exigentes. Habla de profesionales con escasa fuerza de voluntad y fragilidad emocional, con baja tolerancia a la frustración y dificultades para soportar el estrés.

Ese perfil, explica la experta, provoca rotación y desempleo intermitente: algunos abandonan pronto trabajos que les resultan difíciles, otros esperan meses en el paro hasta aceptar una oferta. El resultado es una fuerza laboral menos estable y menos productiva.
¿Dónde falla la educación?
De Castro señala a la escuela y a la familia como piezas clave. Critica prácticas que alivian la frustración en exceso: permitir pasar de curso sin aprobar o premiar la falta de esfuerzo, en su opinión, es perjudicial.

Defiende la enseñanza personalizada, pero advierte contra la eliminación de consecuencias. “Hemos desautorizado a los profesores y también a los padres”, afirma, lo que deja a muchos jóvenes sin la estructura y la exigencia que necesitan para desarrollarse.
La autora de ¡Libre, por fin! recuerda que generaciones anteriores afrontaron dificultades materiales y, pese a ello, cultivaron disciplina y resistencia. Ahora, con más facilidades, observa una tendencia a la acomodación y a la mayor vulnerabilidad.
Consecuencias prácticas
La psiquiatra alerta también de que el sistema, al ser permisivo, beneficia a quienes rehúyen el esfuerzo. Señala que esa dinámica es injusta para quienes trabajan y se esfuerzan, y que desincentiva el compromiso: en su criterio, estar en paro no debería resultar más ventajoso que trabajar.
Este patrón genera costes sociales y económicos: menor productividad, más sustituciones en plantilla y una sensación de inequidad entre quienes cumplen y quienes se aprovechan del sistema.
Formación en valores y propuestas
Para De Castro, la solución pasa por formar hábitos. Los valores —dice— se entrenan y, con práctica, se convierten en rutinas que sostienen la conducta. Un buen hábito equivale a una virtud; uno malo, a un vicio.
Recomendaciones de Pilar de Castro
- Educar para el servicio: enseñar a actuar pensando en los demás, porque la satisfacción personal aumenta cuando se hace bien para otros.
- Fomentar la visión a largo plazo: instruir para pensar con libertad, sin depender de recompensas inmediatas. La experta sugiere priorizar el bienestar sostenido frente al placer instantáneo, en términos generales asociados a la serotonina frente a la dopamina.
- Reforzar la capacidad de esfuerzo: entrenar la tolerancia al malestar y la constancia. Evitar huir del esfuerzo, pues eso debilita en lugar de fortalecer.
En la misma línea, Ángel Luis González —finalista al premio a mejor profesor del mundo— subraya el papel del docente: conocer a cada alumno, detectar sus fortalezas y ofrecer el riego adecuado para que crezca según su ritmo.
En un entorno marcado por la inmediatez y la recompensa fácil, De Castro insiste en volver a marcar límites y en reconocer que solo premiando lo costoso se forman personas resilientes y preparadas para el trabajo. “Lo que sostiene una sociedad es el esfuerzo”, concluye.











