Xavier Ureta advierte que ceder siempre a los hijos pasa factura en la adultez

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Xavier Ureta Buxeda, doctor en pedagogía y miembro de la Xarxa d’Experts del Col·legi Oficial de Pedagogia de Catalunya, resume medio siglo de cambios en las aulas. Tras más de 48 años en la enseñanza —comenzó en los setenta con la implantación de la EGB— hoy, aunque jubilado, ofrece clases como voluntario en la Facultad de Educación de la UIC Barcelona y comparte su diagnóstico sobre la evolución del sistema educativo.

Tres épocas, tres maneras de entender la escuela

Ureta distingue tres grandes periodos. Entre los años sesenta y ochenta, la escuela funcionaba con régimen disciplinario estricto y clases magistrales. El docente transmitía el conocimiento; el alumno escuchaba y era evaluado por exámenes.

Desde los ochenta hasta el cambio de siglo se abrió un periodo de convivencia entre ese modelo autoritario y una aproximación más democrática. Según Ureta, aquella transición quedó a veces sin un sólido sostén pedagógico y se vio afectada por frecuentes modificaciones legales —seis leyes educativas entre 1985 y 2020— que pusieron al alumno “en el centro” y dieron más protagonismo a las familias.

A partir del año 2000, el pedagogo observa la ausencia de un sistema renovado y coherente. El resultado, dice, son aulas con grandes diferencias de nivel, alumnos menos motivados y una preferencia creciente por los contenidos de las redes sociales frente a la lectura y el estudio.

Autoridad, disciplina y la distinción clave

Ureta subraya la diferencia entre autoridad moral y autoridad formal. La primera se gana con prestigio y compromiso; la segunda emana del cargo. Cuando la autoridad docente se reduce a lo meramente formal, apunta, favorece la indisciplina.

Profesor estableciendo límites y autoridad en el aula con estudiantes
La autoridad moral del docente es clave para mantener el orden sin represión.

Eso no significa reivindicar métodos represivos. El pedagogo recuerda que siempre hubo maestros que imponían el orden por su prestigio personal, y que renunciar a esa autoridad por miedo a conflictos con alumnos o familias es un error grave.

Emociones y visibilidad: ¿más débiles o más conscientes?

La ampliación del trabajo sobre inteligencia emocional ha hecho que las emociones escolares sean hoy más visibles. Ureta menciona a Salovey y Mayer (1990), a Daniel Goleman (1995) y a referentes españoles como R. Bisquerra, D. Bueno o E. Bachs.

Ese enfoque, sostiene, ha permitido que muchos jóvenes sean más conscientes de sus sentimientos y, en algunos casos, más fuertes. Pero advierte que un buen trabajo emocional necesita orientación sólida; no basta con hacer visible lo emocional sin ofrecer herramientas pedagógicas para gestionarlo.

Familias, valores y la carga que asume la escuela

Para Ureta, la crisis educativa no nace solo en las aulas: es un fenómeno social. Detecta una pérdida progresiva de valores —esfuerzo, respeto, amor por el saber— que afecta tanto a hogares como a centros educativos.

Padres e hijos en casa, representando la responsabilidad educativa familiar
Las familias deben asumir su papel en la transmisión de valores y límites.

Recuerda una máxima que escuchó al inicio de su carrera: la mayor parte de la educación depende de la familia. En su opinión, hoy se espera de la escuela una responsabilidad que excede lo razonable, mientras que en muchos hogares ha habido un abandono de límites y de la capacidad para decir “no”.

Legislación, competencias y el lugar del conocimiento

Ureta critica la inestabilidad normativa y apunta que muchas leyes educativas se han movido por ideología más que por criterios pedagógicos. Esa volatilidad, junto a la falta de una orientación escolar firme, influye en el fracaso y el abandono escolar.

También cuestiona una interpretación de las competencias que olvida que estas deben apoyarse en saberes concretos. Sin conocimientos guiados por el docente, las competencias se convierten en un lema vacío, y se pierde la base del pensamiento crítico.

Qué rescatar y qué dejar atrás

Si pudiera recuperar algo del pasado, Ureta apuesta por el legado de los buenos maestros: su autoridad moral, su empatía, su capacidad de transmitir conocimientos y valores, y un vocabulario rico que fomentaba la reflexión.

En cambio, pide abandonar prácticas del pasado como los castigos humillantes, la represión emocional y la rigidez examinadora desconectada del alumno. Del modelo actual exige dejar de tolerar la carencia de una educación pública de calidad, con fundamento pedagógico y recursos suficientes.

Para cerrar, advierte que los bajos niveles de aprendizaje detectados por diversas evaluaciones dan la sensación de una involución hacia un sistema funcionalista: ciudadanos sin criterio, útiles solo para los fines que marcan los poderes establecidos. Por ello reclama replantear el sistema y las leyes que lo sostienen, buscando un marco estable, pedagógicamente riguroso y alejado de la injerencia política.

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